José María Morelos: En una banca del parque central de José María Morelos, bajo la sombra de un árbol, Eulogio May Moom espera. Vino desde su comunidad, Kancabchén, a pedir ayuda. Tiene más de 70 años —aunque no recuerda cuántos— y lo dice con voz suave: “Si no me dolieran los pies, yo todavía trabajaba”.
Su historia refleja la realidad de muchos adultos mayores mayas del sur de Quintana Roo: una vida dedicada al campo, sin acceso a pensiones, servicios médicos adecuados ni apoyo familiar.
Durante décadas trabajó limpiando monte y sembrando milpa, pero hoy su cuerpo le pasa factura. “Como me están doliendo mis pies… así no puedo”, repite.
No es ejidatario ni tiene tierras propias. Vive de apoyos esporádicos del gobierno y de la buena voluntad de quienes aún lo recuerdan. Este lunes, acudió al palacio municipal en busca de ayuda para comida. Lo ayudaron, pero sabe que no es suficiente.
La atención médica en su comunidad es casi nula. “Hay una ‘tranquilinica’, pero no hay medicina, no hay doctor”, lamenta. Cuando necesita atención, debe viajar, algo difícil por su salud y falta de dinero.
Hace una década fue abandonado por su familia. Vive solo, sin hijos ni hermanos cercanos. Cuando no puede trabajar, no come.
El caso de Don Eulogio revela una deuda pendiente con los adultos mayores en comunidades indígenas: la falta de políticas efectivas y de atención real.
Hoy regresa a su pueblo con un poco de ayuda… y mucha incertidumbre. Mañana, si puede caminar, volverá al monte, con la esperanza de no ser olvidado.








