José Ma. Morelos
Ángel Benítez, conocido en su comunidad como “Any,” ha sido una figura reconocida en su municipio. Su historia de vida, marcada por décadas de lucha contra el alcoholismo, refleja la dolorosa realidad que enfrentan muchos al ser atrapados por este vicio, pero también muestra la posibilidad de superación. Hoy, a sus 50 años, lleva tres meses sin consumir alcohol, un hito significativo en su vida que parece abrirle las puertas a un futuro más esperanzador.
El Comienzo en la Adolescencia:
Ángel recuerda que su relación con el alcohol comenzó a los 12 años, en la escuela secundaria. “Empecé a tomar con mis compañeros, en los recreos, en lugar de comer algo como panuchos. Ya después, cuando pasamos a la academia comercial, las reuniones con amigos se volvían más frecuentes y el alcohol se convirtió en parte de mi vida diaria”, cuenta. El alcohol pasó de ser un simple acto social a convertirse en una necesidad compulsiva que lo arrastró con fuerza.
La Enfermedad del Alcoholismo:
“El alcohol no es solo un vicio, es una enfermedad”, afirma Ángel, quien a lo largo de los años ha vivido las consecuencias físicas y emocionales de este mal. Reconoce que si bien al principio pensó que solo podría controlar una copa, pronto descubrió que para él no existía tal cosa como beber “moderadamente”. “Una cerveza es solo el comienzo, después no puedo parar”, explica, haciendo referencia a los períodos de abstinencia seguidos de recaídas que le costaban caro tanto física como emocionalmente.
Las consecuencias del alcoholismo comenzaron a hacer estragos en su salud: problemas de presión arterial, colesterol elevado y síntomas de fatiga extrema. Ángel relata que en sus momentos más bajos sufrió vómitos, dolores de cabeza y entumecimiento en los pies y las manos, síntomas que reflejan los efectos devastadores del abuso prolongado de alcohol.
El Impacto en su Familia:
Como muchos alcohólicos, Ángel reconoce que su enfermedad no solo lo afectó a él, sino también a su familia. “Mis hermanos, mis sobrinos, hasta mis cuñadas se alejaron de mí. Cuando me veían tomando, ni siquiera me hablaban”, relata. La vergüenza y el dolor de perder el contacto con sus seres queridos fueron una de las consecuencias más dolorosas de su adicción.
Una de las imágenes más trágicas de su vida fue la de caminar sin zapatos por las calles, un hábito que adquirió para evitar que su familia lo escuchara regresar a casa borracho. “Lo hacía porque no quería que supieran que estaba tomando. Para ellos, mi ausencia era una forma de protegerlos”, cuenta con tristeza.

La Esperanza y la Superación:
A pesar de los años de sufrimiento y la pérdida de su bienestar, Ángel no perdió la esperanza de cambiar. “Hace tres meses tomé la decisión de dejar el alcohol. Fue duro, pero sé que se puede”, dice con determinación. Reconoce que para superar el vicio no basta con la voluntad, también se necesita fe y apoyo divino. “Sé que hay gente que no puede dejar de beber, que está atrapada en ese ciclo, pero yo decidí ponerle fin, y aquí estoy”, asegura con una sonrisa.
El proceso de dejar el alcohol no ha sido fácil, pero Ángel asegura que la clave está en alejarse de los ambientes que fomentan la bebida y encontrar nuevas formas de ocupar su tiempo. Ahora, a tres meses de haber dejado el alcohol, siente que su vida ha cambiado. “Me siento mejor, con más energía y sin los síntomas que antes me agobiaban. Aunque me invitan a beber, he aprendido a decir no”, comenta.
Un Nuevo Comienzo:
El Ángel de hoy es un hombre diferente, con un renovado sentido de propósito. “Sé que el camino hacia la recuperación es largo, pero lo estoy tomando con fe y confianza”, dice con esperanza. Aunque su relación con su familia todavía está en proceso de sanación, él está determinado a seguir adelante. “Ya no me siento como antes, ya no soy esa persona que no sabe lo que hizo la noche anterior. Hoy tengo control de mi vida”.
Este relato de superación es un testimonio de que, aunque el alcoholismo pueda parecer una batalla perdida, siempre hay esperanza de cambio. Ángel, conocido como “Any”, ha decidido tomar las riendas de su vida y ahora, a los 50 años, está empezando a escribir un nuevo capítulo, uno lleno de esperanza y fortaleza.









