José María Morelos. — En las comunidades rurales, la milpa sigue respondiendo, pero el beneficio no llega completo a quienes la trabajan.
Para productores como Don Faustino Chan, el problema del campo ya no es la falta de cosecha, sino un sistema de venta que favorece a intermediarios y deja en desventaja a los campesinos.
Con dos hectáreas sembradas de maíz y pepita, Don Faustino afirma que la producción ha mejorado en los últimos años gracias al fertilizante que reciben.
Las mazorcas salen buenas y la pepita alcanza para el sustento; sin embargo, al momento de vender, el panorama cambia.
“Aquí producir sí se puede, pero cuando toca vender es donde se pierde”, señala.
La pepita se paga actualmente alrededor de 60 pesos el kilo, un precio que no compensa el trabajo ni los gastos de la siembra.
Muchos productores se ven obligados a guardar su cosecha con la esperanza de que suba el precio, aunque eso signifique meses sin ingreso.
“Los intermediarios son los que ponen el precio y siempre es para abajo”, expresa el campesino.
La miel enfrenta el mismo problema. En la comunidad se compra hasta en 28 pesos el kilo, lo que obliga a los productores a trasladarla por su cuenta a otros mercados para obtener un mejor pago.
Aunque esta opción implica más esfuerzo, resulta la única forma de no malbaratar el producto. La ausencia de centros de acopio y de precios de referencia mantiene al campo en una constante incertidumbre.








