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A sus 78 años, Doña Florentina mantiene viva la tradición del rezo en José María Morelos

En su hamaca, bajo el techo de huano de su casa ubicada frente al parque de la colonia Vicente Guerrero, doña Florentina Angulo Chuc conversa con calma. A sus 78 años, recuerda con claridad cómo aprendió de su abuela los rezos antiguos que aún hoy sigue practicando.

“Yo aprendí el rezo antiguo. Ahora rezan diferente, pero yo no puedo hacerlo así. Mi abuela me enseñó, y así lo sigo haciendo”, dice con una sonrisa pausada, mientras su voz suena con la firmeza de quien conserva una herencia espiritual.

Doña Florentina comenzó a rezar desde los 16 años, edad en la que, dice, ya había aprendido “todo el rezo” gracias a su abuela, quien la llevaba a la iglesia desde niña. Desde entonces, lleva 62 años rezando sin interrupción, acompañando a las familias en sus momentos de fe y de duelo.

Participa en novenas, rezos de difuntos y celebraciones religiosas dedicadas a la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo, el Niño Dios y la Santa Cruz. “A veces tengo tres rezos por semana —cuenta—, según me contraten. Ya sé los cantos, ya tengo el libro.”

Su año gira alrededor de las fiestas religiosas: noviembre con los rezos de los finados, diciembre con las novenas guadalupanas y las posadas, y febrero con la Virgen de la Candelaria. “Todo el mes se hace —dice—, desde los niños hasta los grandes.”

Sin embargo, lamenta que las nuevas generaciones ya no se interesen en aprender. “Ahorita casi no hay rezadoras. Los muchachos no quieren, dicen que no pueden o que tienen otras cosas. Prefieren el teléfono o la tele. Antes no era así.”

Hoy comparte su experiencia con su sobrina Sonia, quien la acompaña en los rezos para que la tradición no se pierda. “Sí he enseñado a varias personas —afirma—, pero muchas ya no siguen. Sonia sí me ayuda, porque sola es mucho.”

Doña Florentina Angulo Chuc fue entrevistada en su hamaca, en su casa frente al parque de la colonia Vicente Guerrero, donde mantiene viva la tradición del rezo antiguo.
Mientras habla mueve suavemente la hamaca donde descansa. En ese vaivén tranquilo, su voz parece traer de vuelta las palabras antiguas de su abuela. “Así como me enseñó mi abuela, así rezo —dice con orgullo—. No puedo hacerlo diferente.”.

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